11-10-2026
Llegamos a la torca, en la que llevamos invertidos media docena de días en los últimos dos o tres años, apartando piedritas. La torca, ladeada a un costado de una pista, consiste en un pozo de veinticinco metros con una gatera semivertical que comunica con una sala de unos veinticinco por doce que da continuación a otro pozo de veinticinco metros.
En la sala habíamos encontrado unos huesos y trozos de asta que nosotros no teníamos claro de que animal se trataba. Esta vez nos vinimos con nuestro compañero Daniel, arqueólogo especializado en fauna que dedujo que no debían de tener más de dos siglos. Se trataba de un ciervo, un enorme ciervo ya que uno de los trozos de asta tenía unos cinco centímetros de diámetro. Así que la llamamos la sala del ciervo.
Mientras Dani inspeccionaba la misma, encontrado algunos dientes. Marta y Pelos bajaron al siguiente pozo para seguir retirando piedrucas, posteriormente Dani y yo también bajamos, alternandonos en la labor, ya que el espacio era reducido. Aunque la mayor parte del trabajo, lo realizaron los dos primeros compañer@s.
Después de varias horas, accedimos a un
siguiente pozo. Valoramos el panorama que sinceramente no era muy alentador, un
pocito corto que ofrecía una estrechez vertical y horizontal. En la vertical
Pelos observó la procedencia de la succión del aire, la visión no ofrecía
buenas perspectivas.
Ahí abajo hay fauna, se vieron microcaracoles iberozospeum, una araña troglohyphantes y estas estructuturas tipo iglú en barro que aún no sabemos a quien pertenecen.
Sobre las siete salimos de la torca y nos
fuimos a rascar un poco un agujerito más abajo prospectado hace un tiempo, el
cuál chupaba aire. Se pudo meter la cabeza del Pelos, mientras Dani y yo lo
agarrábamos por los pies, viendo que abajo se ampliaba.
La conclusión fue que debíamos atacar mejor ésta otra opción y descartar Siete torcas. Teníamos hambre y nos retiramos a Duña.















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